El viento sopla incesante sobre esas rocas que se alzan firmes, como si nadie las pudiera atacar. A veces ese viento también lanza encima de ellas una niebla semiconvertida en hielo por el frio, pero las rocas aguantan. Lo que no saben es que esa agua que suavemente se cuela entre sus grietas, sin hacer riudo, sólo resbalando, también se va a convertir en hielo cuando ya se haya quedado dentro, y desde ahí va a dejar en pedazos aquella roca que pensaba que era inquebrantable. También quiza un dia deje entrar alguna pequeña raiz de una planta, que poco a poco va acariciando sus endiduras, va buscando su refugio, y si logra convertirse en arbol también conseguirá hacer estallar esa roca, igual que antes, desde dentro.
Y la roca piensa que por muy fuerte que sea, por muchos golpes que sea capaz de aguntar, será incapaz de luchar contra lo que se le pone dentro. Y entonces cree que quizá sería mejor ser tierra, dejarse invadir por todo lo que quiera, dejarse arrastrar por el viento, por el agua, no poderse romper porque ya está totalmente roto. Pero no piensa en que tarde o temprano lo acabará siendo, sin que pueda elegirlo, porque al final es lo que será cualquier roca, incluso aquellas que parecen más fuertes.
Pero cuando sea tierra podrá dejar que se filtre el agua en ella, seprando un momento sus granos y volviendolos a unir luego. Podrá dejar que las raices se internen en ella sin dolor, uniendo a la vez que separan, esperando para irse o para quedarse mucho tiempo haciendo esa tierra más compacta.